Un texto publicado en Tandil, anterior al que disparó la idea de "Triste, solitario y final".

El Gordo y el Flaco

Soriano escribió en 1972 en el diario La Opinión uno de sus textos más recordados. Estaba dedicado a Stan laurel y Oliver Hardy, sus amados el Gordo y el Flaco. El escritor siempre dijo que ese material periodístico había sido, finalmente, la génesis de su primera novela, Triste, Solitario y final. Sin embargo, la historia tiene sus pliegues. Aquel material periodístico tuvo, a su vez, otro origen. En Tandil (enero de 1969) como coordinador de una modesta publicación dedicada al cine, Soriano escribió por primera vez sobre la pareja de cómicos. Este texto si es, entonces, el verdadero comienzo de lo que sería su primera exitosa novela.

Comienza la aventura

Arthur Stanley Jefferson había nacido en Inglaterra, desde donde llegó a los Estados Unidos el 2 de octubre de 1912, integrando la compañía de comedias de Karno.

Tenía 22 años y lo acompañaba, entre otros, un hombrecillo diminuto que no habría podido contar un centavo en sus bolsillos: Charles Chaplin. Una vez en tierra americana, ambos se separaron de la compañía de Karno y se lanzaron a la aventura, en la que Chaplin triunfaría casi inmediatamente con su célebre Charlot.

Stan Laurel, en tanto, deambuló de un salón a otro, hasta conseguir pequeños papeles en filmes de cortometraje. En las cinematecas es posible ver aún a aquel vendedor estúpido que luchaba para retener en la cabeza su sombrero ante los portazos que hallaba por respuesta en su gira ambulante. Stan recorrió un largo camino hasta hallarse en 1927 ante la fama y el dinero.

Fue entonces que se unió a Oliver Hardy por iniciativa del productor Hal Roach, tras reemplazar al obeso en un pequeño filme que éste no pudo realizar por haberse quemado un brazo con aceite hirviendo; había tropezado con una olla en la que se preparaba una jugosa pierna de carnero, tal su glotonería.

Hasta tropezar con esa olla, Oliver Hardy había recorrido un camino muy diferente que el de su esmirriado compañero. Hijo de una familia burguesa de Atlanta, en Georgia (donde había nacido el 18 de enero de 1892), se recibió de abogado a instancias de su absorbente y autoritario padre, que había quemado gran parte de su vida en el foro.

Sin embargo, Hardy, disconforme con lo que habían hecho de su vida, dispuesto a demostrar que en él se ocultaba un artista, decidió abandonar su casa y provocó un mayúsculo escándalo en la familia, cuando ésta se enteré de que el delicado Oliver había conseguido trabajo en una compañía teatral, con la que permaneció durante cuatro años. En 1913 llegó al cine contratado por la empresa Lubin, que trataba de ingresar en el gran concierto del cine norteamericano; ello aconteció a su regreso de un viaje a Australia, donde permaneció por tres años haciendo teatro. En 1915 pasó a la Pathé, y desde 1918 hasta 1925 actuó en la Vitagraph, donde realizó algunas incursiones como director de algunos cortos de Larry Semon, hasta encontrarse con Stan Laurel definitivamente.

Anteriormente, habían actuado juntos de manera ocasional en algunos cortos, sin suponer aún que iban a vestirse con los personajes que los consagrarían en el mundo entero como los cómicos más populares. En 1927, entonces comienza para el dúo la historia que se cerraría en 1952, cinco años antes de la muerte de Oliver Hardy.

En el lapso que va desde los años 1927 hasta 1939, Laurel y Hardy intervinieron en sus mejores películas (que en total suman unos 200 cortos y apenas un puñado de largometrajes) en las que lograron un estilo definido y característico. Sin embargo, la simpleza de su comicidad, su abrumadora trascendencia popular, les valió el casi olvido de la crítica exigente; ésta los miró hasta hace muy poco tiempo como a dos creadores de muy poca monta, postergándolos en sus preferencias tras Chaplin y Buster Keaton.

No obstante, parece absurdo comparar en nivel de igualdad a estos príncipes del delirio y del absurdo con un creador como Chaplin, que desgastó su comicidad en beneficio de la sátira o la intencionada crítica social. Tam-poco Buster Keaton, un cómico sumamente personal, pero menos imaginativo que el dúo.

El derroche de originalidad, de creación, presente en las películas de Laurel y Hardy no ha podido aún ser superado en la historia del cine: crearon el delirio mediante un permanente caos al que no accedían como si se tratara de un elemento más, sino que en sí mismos ellos personificaban ese caos, el absurdo, la sinrazón. Los primeros elementos de absurdo en cine como material de comicidad fueron sumados por la pareja al superrealismo presente en todos sus filmes. La exageración de cada situación hasta arribar al paroxismo era en ellos común, como en Chaplin los chispazos geniales de La quimera del oro o Tiempos modernos; pero a diferencia del creador inglés, Laurel y Hardy hicieron de la risa el fin de su obra: vivían para la comicidad y ella los devoró, los asimiló en sí misma para crear un orden de cosas establecido que se oponía a la realidad aunque se integraba como un elemento más de la vida cotidiana.

Sólo en los últimos años, los críticos e historiadores del cine arrancaron su venda de los ojos y se deslumbraron: habían descubierto, en medio de su nebuloso y pretendido intelectualismo, a dos prodigios del divertimento po pular. Sus risas corrieron como el viento; una ola de revisionismo ya desatada en el cine se apoderó de Laurel y Hardy y los glorificó: en París se disponen a construirles un monumento. Con ello se pretendía, quizá, disi-mular la ceguera de Georges Sadoul, el notable historiador que en su historia del cine les dedica tan sólo un corto -Y despreciativo- párrafo. El homenaje a Laurel y Hardy llegó un poco tarde; cuando los públicos de todo el mundo durante generaciones enteras se deleitan con sus filmes, exhumados ya en cinco recopilaciones por la Metro, es necesario rendir el homenaje que los dos quijotes se merecen, como los mayores cómicos que hayan pasado por las pantallas del cine.

Un prolongado olvido

Luego de 1939, presentes los Hermanos Marx, repetidos los elementos cómicos de Laurel y Hardy, y en plena decadencia la comicidad de los años de oro, la pareja hizo incursiones esporádicas en la pantalla, reclamada por los productores en un vano intento por revivir una época que iba quedando atrás. Aparecieron varias veces en pantalla, repitiendo sus bufonerías hasta el hartazgo, tratando de ganar algún dólar que les permitiera vivir desahogadamente los últimos años de sus vidas. Ni una cosa ni la otra: las películas fueron rotundos fracasos y los pocos dólares tenían como destino otros bolsillos.

Antes, devorados por la loca vorágine de Hollywood, derrocharon todo su dinero en fastuosidades. Oliver Hardy, más apremiado, debió volver al cine solo, con papeles secundarios en películas de cowboys, rodadas a principio de los años 50. Mostró en ellas su faz admirable mellada por el maquillaje, su barriga insólita ahogada por un enorme cinturón y dos revólveres. Pero esta vez no se trataba de una broma del obeso Ollie; era una jugarreta del destino que los acercaba al olvido y la miseria. Hardy murió en un hospital en el que había permanecido paralítico durante un largo año, admirado por otros enfermos que escuchaban de sus ajetreados labios la repetición de aquellos gags memorables.

En 1957, Oliver Hardy falleció en medio del olvido, al que contribuyó la desaparición de otros grandes que ocuparon los titulares de la prensa: Stroheim, Dovjenko, Humphrey Bogart.

Stan Laurel lo sobreviviría hasta febrero de 1965, cuando un ataque al corazón echó sombra definitiva sobre su apagado rostro.

Sin embargo sólo es necesario entrar a un cine donde se proyecte una de sus películas para iniciarse en el conocimiento de la técnica de provocar la risa con elementos sutiles o grotescos, reales o absurdos, producto de una ..... imaginación sin límites.

Stan Laurel -que era el guionista de los filmes- dijo una vez en un reportaje: "Yo imaginaba un tema central en el que los gags generalmente estaban ausentes. Luego se pasaba a la filmación e inmediatamente comenzábamos a divertirnos, a imaginar situaciones, a resolverlas. Nunca utilizábamos un reparto muy abundante. En muchos filmes éramos los únicos intérpretes Hardy y yo, con por ejemplo, un perro como acompañante".

Sin duda era suficiente.


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